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Cuando sentir mucho a los demás se vuelve agotador

  • Foto del escritor: Mónica Bustamante
    Mónica Bustamante
  • 14 mar
  • 2 min de lectura

Actualizado: 9 may




Hay personas que sienten muy intensamente lo que les rodea.

Perciben cambios sutiles en el tono de voz, las tensiones en el ambiente, los silencios que dicen más que las palabras. A veces incluso antes de que la otra persona diga nada, ya saben que algo pasa.


Esta capacidad puede ser muy valiosa. permite comprender profundamente al otro, acompañar, estar presente.


Pero también puede convertirse en algo agotador.


Porque cuando sentimos mucho a los demás, a veces empezamos a sentirnos responsables de su bienestar.


Si alguien cercano está mal, aparece la sensación de que habría que hacer algo. Decir lo adecuado. Estar disponible. Calmar.


Y poco a poco, casi sin darnos cuenta, la relación empieza a girar alrededor de sostener al otro.


En ese punto aparece algo que muchas personas sensibles conocen bien: la sensación de estar demasiado pendientes fuera y demasiado lejos de sí mismas.


No suele ocurrir por mala intención. Muchas veces nace del amor, de cuidado, o incluso del miedo a perder el vínculo.


Pero cuando esta dinámica se repite mucho, algo dentro empieza a tensarse.


Aparece cansancio. Saturación. A veces incluso una especie de enfado difícil de reconocer, porque al mismo tiempo seguimos queriendo al otro.


Desde una mirada terapeútica, no se trata de dejar de ser sensible. La sensibilidad no es el problema.


Lo que suele necesitar revisarse es la frontera entre lo que le pertenece al otro y lo que me pertenece a mi.


Sentir al otro no significa tener que resolver su malestar. Comprender no significa cargar.

Acompañar no significa desaparecer


En realidad, una relación más sana suele empezar cuando podemos mantenernos presentes sin dejar de estar también con nosotros mismos.


Cuando puedo escuchar lo que te pasa, pero también notar lo que pasa en mí.


Cuando puedo estar contigo, sin sentir que tengo que salvarte


Curiosamente, desde ese lugar el vínculo suele volverse más auténtico.


Porque ya no es una relación sostenida por el esfuerzo o la responsabidad invisible, sino por algo mucho más simple y más humano: la presencia.


Y a veces, solo eso ya cambia mucho.





 
 
 

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